De nuevo me había quedado dormido con la calefacción encendida. Mi frente chorreaba espesas gotas de sudor, mi garganta exhalaba un aliento cálido y, lo que es peor, una pestilente ola de esperma emanaba amenazadoramente de mi entrepierna. No podía dormir más. Mi cuerpo ardía. Eran apenas las seis de la mañana y el viento golpeaba con violencia el cristal de la ventana de la habitación. Posiblemente era una mañana gélida.
Precisamente aquella mañana debía acudir a la clínica. Omitiré los motivos por los que tuve que esperar casi tres cuartos de hora para que me atendiera un batablanca. Me ahorraré una disertación arisca y agresiva sobre las razones por las que la puntualidad sigue siendo un problema central en la vida cotidiana española.
El batablanca aparentaba unos treinta y cinco años. Era alto, de figura atlética, serio, correcto y muy poco atractivo. Era como el ‘yerno perfecto', un tipo al que pedirías una limosna pero con el que nunca te irías de vacaciones a Chueca, Sitges o Gijón. Su mirada ingenua permitía adivinar un pasado aburrido, marcado por largas y tediosas jornadas de estudio delante de un atril y por una prolongada castidad autoimpuesta. Con otras palabras, parecía uno de tantos pajilleros que desembocan en la carrera médica impulsados por su profundo humanismo compasivo.
Me ofreció asiento. Acepté. Nos miramos e inmediatamente noté que le caí mal. Es algo bastante habitual en mi vida. Mi seriedad y mis gruesas gafas de pasta tiran de espaldas a la gente sencilla. Soy un poco arrogante y eso suele generar resentimiento contra mí.
Le expuse mi problema con absoluta frialdad robótica, y, como es lógico, le traté de usted:
-Mire, hace unos días empecé a notar un intenso dolor en la mandíbula derecha, a la altura de la muela del juicio. Estaba en la oficina y de pronto noté algunos pinchazos. Me metí un dedo en la boca y noté que la muela del juicio estaba intentando abrirse camino por un recoveco imposible. Se estaba clavando como un alfiler en una encía, ¿sabe usted?
El batablanca asintió en silencio, con una irritante indiferencia. Continué:
-Me dolía muchísimo, pero ese dolor sólo aparecía intermitentemente. Digamos que podía soportarlo. El problema era otro. El problema es que se me ocurrió llevarme el dedo a la nariz y descubrí que olía a mierda que apestaba. Es más, el dedo estaba manchado, por lo que no sólo olía a mierda sino que además tenía mierda. No era sangre, tampoco saliva. ¡Era mierda! Mierda que salía incomprensible de mi boca, de mis encías, de mi muela...
Observé que el batablanca tomaba notas. El muy burócrata parecía indiferente, como si despachara un trámite administrativo. Cuando acabé el relato me miró fijamente, con gesto serio, excesivamente relajado, y con una corrección insultante me ofreció asiento en una butaca de dentista que tenía al fondo del despacho. Me dirigí hacia allí y me senté. Por desgracia, volví a tocarme la muela del juicio y confirmé que un insoportable hedor a plasta seguía emanando de mi boca. A decir verdad, apestaba tanto que sentí la necesidad de confesar al batablanca que me cepillaba los dientes tres veces al día.
No añadió una sola palabra. Impasible, frío y seguro de sí mismo, se puso una mascarilla y se enfundó un guante de goma. Penetró mi boca y hurgó en la muela del juicio con un ímpetu inesperado. Me provocó un ligero pinchazo, pero no quise dramatizar. En realidad no era para tanto. Además, el dolor no me preocupaba en absoluto, sólo me inquietaba el olor a mierda. La situación me parecía tan vergonzosa que opté por mirar hacia otro lado.
El creciente silencio me incomodaba tanto que empecé a hablar más de lo debido. Le revelé con un tono patético que me asustaba este problema, que no quería obsesionarme con esa peste. Le confesé que me aterrorizaba la posibilidad de provocar un rechazo generalizado entre mis compañeros. Siempre he detestado el mal aliento, la falta de higiene, la suciedad en general. Evito los barrios árabes. Nunca he comido en un restaurante chino. Me irrita la gente que sonríe con los dientes amarillos, las mujeres que no se rasuran los antebrazos y los viejos que se dignan salir a la calle con un fétido pelo grasiento pegado a la cabeza. Soy limpio, impoluto. Detesto la hediondez avinagrada que emana de la muchedumbre en el metro, en los autobuses y en los festivales de música. Todos hemos tenido un amigo al que le apestaba la boca. Todos nos hemos mofado de él. Todos le hemos dado de lado.
Decidí callarme. Mientras tanto, el batablanca tomaba notas, cabizbajo, serio, sin prestarme atención, generando una estridente atmósfera de silencio. Reflexioné y comprendí que estaba dramatizando demasiado. No debía arrastrarme, ni siquiera debía hablar. Sólo había acudido a la consulta de un batablanca insulso y cuadriculado. Mi carácter obsesivo, una vez más, me había llevado a imaginarme solo, aislado como un leproso, asustado y huidizo como una rata que se siente amenazada por el veneno, los gatos y las estacas de aquellos a quienes produce repugnancia.
Entonces el batablanca se acercó a mí, se quitó la mascarilla y me espetó el diagnóstico:
- Es una infección. La provoca la muela del juicio. Y tus encías son demasiado sensibles. Quizá por eso también sangras cada vez que te cepillas. Es algo bastante habitual. Puedes usar Desensin.