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La Coctelera

NOCHE DE PASIONES TRISTES Y PASIONES ALEGRES

Recuerdo a Spinoza como el filósofo de las emociones, quizá el primero que entendió que el cerebro es un pedazo de materia que está construido sobre un complejo sistema emocional.

El principal enemigo de Spinoza son las 'pasiones tristes', entre las que se encuentran la tristeza misma, el odio, la culpabilidad, el miedo, la desesperación, la humildad, el arrepentimiento, la piedad, la crueldad, la esperanza, la venganza, etc. No todas son obvias: el arrepentimiento, la esperanza y la humildad también son enfermedades del alma, pasiones tristes, estrategias de hombres débiles para ocultar su impotencia, frustración e instintos antivitales.

Una de las principales consecuencias de este argumento es que las artimañas de manipulación de los seres humanos se fabrican en el taller de las pasiones tristes. Un ejemplo: conoces un chico débil, sensible, TRISTE, que sabe ganarse tu confianza. El chico triste es vulnerable pero no inocente; se sirve de sus pasiones tristes para encerrarte en su mundo, para alejarte del tuyo, para hacerte dependiente de él. Es su estrategia para asentar su poder.

El sujeto triste es tanto esclavo (de sí mismo) como tirano (de los demás). El tirano sólo puede triunfar si expande la tristeza de espíritu, de igual manera que las personas tristes necesitan un tirano para sentirse protegidas y satisfechas. La pasión triste es propia de la frustración y la impotencia. Y quien la ejerce sabe sumergir al otro en ese universo debilitado para, entonces sí, aplicarle su receta: la tiranía.

SOBREVIVIR EN LA MACETA DE HIERRO

No creo que trabajar sea como sobrevivir en una jaula. Como mucho se asemejaría a vivir atrapado en una triste maceta.

Creo que he aprendido a vivir con un pie dentro del tiesto y otro fuera. El de dentro echa raíces, se adapta al terreno, absorbe la poca sustancia que pueda encontrar. El de fuera husmea, busca algo nuevo, imagina proyectos ilusionantes, inventa objetivos para ayudarme a saltar de la cama cada mañana.

Si no sacara un pie del tiesto me convertiría en el 'hombre unidimensional'. Si sacara los dos viviría frustrado y escribiría párrafos con el 'modo autodestructivo on'.

Intento encontrar ese equilibrio. Las oportunidades hay que buscarlas, pero sin obsesionarse. A veces hay que esperar a que se presenten; y si llegan, eso sí, hay que estar preparado para atraparlas.

Pensándolo bien, prefiero este tiesto aburrido y caótico que unas arenas pantanosas asediadas por cocodrilos. Hay mucho hijo de puta en el mundo. Tal vez el lugar en el que estoy no sea el paraíso, pero con un pie dentro y otro fuera puedo sobrevivir..., a la espera, eso sí, de algo mejor.

SCULPTER, PAS PEINDRE

Siempre me ha parecido que conocer a una persona es un proceso más parecido a esculpir que a pintar. 

Creo que todos construimos un mundo propio desde el que tratamos de relacionarnos con los demás. Adornamos nuestras vidas con el fin de despertar la curiosidad del otro o por simple entretenimiento. Queremos que nuestras descripciones y anécdotas parezcan reales y creíbles, aunque, junto con los hechos, siempre interviene una peligrosa dosis de ficción, fantasía e invención. Las personas tenemos una habilidad única para manipular, fabular y retorcer la realidad en beneficio propio, hasta el punto de que acabamos empaquetando nuestras vidas con todo tipo de maquillajes, adornos, perfumes, fintas, requiebros, complementos y disfraces. A veces lo llamamos "estilo".

El miedo que generalmente tenemos a decepcionar es la contrapartida de nuestras habilidades fabuladoras.

Que sea una actuación consciente o no, eso es lo de menos. Lo importante es que el proceso de conocer a una persona exige esculpir pacientemente una masa de escayola a fin de encontrar su verdadera esencia. No se trata de arrojar kilos y kilos de pintura sobre un lienzo, sino de situarnos delante de una gran masa blanca y empezar a contemplarla, limpiarla, escarbarla y descubrirla.

Ni la persona es lo que se nos presenta cotidianamente, ni tampoco un objeto que podamos diseñar a nuestro antojo. Descubrirla es un proceso muy complejo que requiere respeto y esfuerzo, tolerancia y arte, paciencia y virtuosismo.

PROPOS SUR LE BONHEUR

Hoy la clase de inglés se pareció a las de francés. Al profesor se le ocurrió que debíamos hablar de la 'felicidad'; y claro, es uno de mis temas favoritos. Escandalicé a mis compañeras cuando les dije que la felicidad existe, es posible y no depende de los pequeños placeres. La felicidad no consiste en destellos ni se analiza a diario. Tampoco es el estado por excelencia de los 'ignorantes'.

Siempre me ha encantado aquella frase que dice: "No existen los problemas filosóficos, sólo los malos planteamientos lingüísticos". Es verdad. Si amplías tu vocabulario amplías tu mundo. Si amplías tu mundo enriqueces tus emociones y puedes articular sentimientos aparentemente contradictorios. El debate de hoy hubiera sido más sencillo y fructífero si hubiéramos utilizado tres palabras: alegría, felicidad y serenidad (o sosiego).

Los ingleses, por desgracia, no distinguen entre 'alegría' y 'felicidad'. En francés tenemos 'joie', 'gaieté' y 'bonheur'. Eso lo resuelve todo.

Por ejemplo, el día que recibes la noticia de la muerte de 61 refugiados puedes sentir una tristeza devastadora, pero esa emoción encaja en un estado emocional mucho más amplio y profundo que puede ser -¿por qué no?- de absoluta felicidad. Puedes estar triste ahora mismo y ser inmensamente feliz, aunque esto sea casi imposible de expresar en inglés. "Los límites del lenguaje son los límites de mi mundo", que decía el otro.

Por ejemplo, podemos decir que "mi etapa universitaria fue feliz", más allá de que en aquel período hubiera muchos días buenos y malos, aprobados y suspensos, líos de faldas y rupturas dolorosas, etc.

Nadie estaba de acuerdo conmigo. Pero estoy convencido de que en nuestra cultura la felicidad no está bien considerada. La tristeza vende, es seductora, actúa como un falso consuelo. La felicidad tiene una injusta e inmerecida fama de 'superficialidad'. La relacionan con la satisfacción conformista del imbécil, cuando en realidad la felicidad es la inquietud por excelencia de los filósofos. Y, en contra de lo que dicen los tópicos, la mayoría de los principales filósofos han confesado que son optimistas y felices. 

HÁLITOS DE MEZQUINDAD

De nuevo me había quedado dormido con la calefacción encendida. Mi frente chorreaba espesas gotas de sudor, mi garganta exhalaba un aliento cálido y, lo que es peor, una pestilente ola de esperma emanaba amenazadoramente de mi entrepierna. No podía dormir más. Mi cuerpo ardía. Eran apenas las seis de la mañana y el viento golpeaba con violencia el cristal de la ventana de la habitación. Posiblemente era una mañana gélida.

Precisamente aquella mañana debía acudir a la clínica. Omitiré los motivos por los que tuve que esperar casi tres cuartos de hora para que me atendiera un batablanca. Me ahorraré una disertación arisca y agresiva sobre las razones por las que la puntualidad sigue siendo un problema central en la vida cotidiana española.

El batablanca aparentaba unos treinta y cinco años. Era alto, de figura atlética, serio, correcto y muy poco atractivo. Era como el ‘yerno perfecto', un tipo al que pedirías una limosna pero con el que nunca te irías de vacaciones a Chueca, Sitges o Gijón. Su mirada ingenua permitía adivinar un pasado aburrido, marcado por largas y tediosas jornadas de estudio delante de un atril y por una prolongada castidad autoimpuesta. Con otras palabras, parecía uno de tantos pajilleros que desembocan en la carrera médica impulsados por su profundo humanismo compasivo.

Me ofreció asiento. Acepté. Nos miramos e inmediatamente noté que le caí mal. Es algo bastante habitual en mi vida. Mi seriedad y mis gruesas gafas de pasta tiran de espaldas a la gente sencilla. Soy un poco arrogante y eso suele generar resentimiento contra mí.

Le expuse mi problema con absoluta frialdad robótica, y, como es lógico, le traté de usted:

-Mire, hace unos días empecé a notar un intenso dolor en la mandíbula derecha, a la altura de la muela del juicio. Estaba en la oficina y de pronto noté algunos pinchazos. Me metí un dedo en la boca y noté que la muela del juicio estaba intentando abrirse camino por un recoveco imposible. Se estaba clavando como un alfiler en una encía, ¿sabe usted?

El batablanca asintió en silencio, con una irritante indiferencia. Continué:

-Me dolía muchísimo, pero ese dolor sólo aparecía intermitentemente. Digamos que podía soportarlo. El problema era otro. El problema es que se me ocurrió llevarme el dedo a la nariz y descubrí que olía a mierda que apestaba. Es más, el dedo estaba manchado, por lo que no sólo olía a mierda sino que además tenía mierda. No era sangre, tampoco saliva. ¡Era mierda! Mierda que salía incomprensible de mi boca, de mis encías, de mi muela...

Observé que el batablanca tomaba notas. El muy burócrata parecía indiferente, como si despachara un trámite administrativo. Cuando acabé el relato me miró fijamente, con gesto serio, excesivamente relajado, y con una corrección insultante me ofreció asiento en una butaca de dentista que tenía al fondo del despacho. Me dirigí hacia allí y me senté. Por desgracia, volví a tocarme la muela del juicio y confirmé que un insoportable hedor a plasta seguía emanando de mi boca. A decir verdad, apestaba tanto que sentí la necesidad de confesar al batablanca que me cepillaba los dientes tres veces al día.

No añadió una sola palabra. Impasible, frío y seguro de sí mismo, se puso una mascarilla y se enfundó un guante de goma. Penetró mi boca y hurgó en la muela del juicio con un ímpetu inesperado. Me provocó un ligero pinchazo, pero no quise dramatizar. En realidad no era para tanto. Además, el dolor no me preocupaba en absoluto, sólo me inquietaba el olor a mierda. La situación me parecía tan vergonzosa que opté por mirar hacia otro lado.

El creciente silencio me incomodaba tanto que empecé a hablar más de lo debido. Le revelé con un tono patético que me asustaba este problema, que no quería obsesionarme con esa peste. Le confesé que me aterrorizaba la posibilidad de provocar un rechazo generalizado entre mis compañeros. Siempre he detestado el mal aliento, la falta de higiene, la suciedad en general. Evito los barrios árabes. Nunca he comido en un restaurante chino. Me irrita la gente que sonríe con los dientes amarillos, las mujeres que no se rasuran los antebrazos y los viejos que se dignan salir a la calle con un fétido pelo grasiento pegado a la cabeza. Soy limpio, impoluto. Detesto la hediondez avinagrada que emana de la muchedumbre en el metro, en los autobuses y en los festivales de música. Todos hemos tenido un amigo al que le apestaba la boca. Todos nos hemos mofado de él. Todos le hemos dado de lado.

Decidí callarme. Mientras tanto, el batablanca tomaba notas, cabizbajo, serio, sin prestarme atención, generando una estridente atmósfera de silencio. Reflexioné y comprendí que estaba dramatizando demasiado. No debía arrastrarme, ni siquiera debía hablar. Sólo había acudido a la consulta de un batablanca insulso y cuadriculado. Mi carácter obsesivo, una vez más, me había llevado a imaginarme solo, aislado como un leproso, asustado y huidizo como una rata que se siente amenazada por el veneno, los gatos y las estacas de aquellos a quienes produce repugnancia.

Entonces el batablanca se acercó a mí, se quitó la mascarilla y me espetó el diagnóstico:

- Es una infección. La provoca la muela del juicio. Y tus encías son demasiado sensibles. Quizá por eso también sangras cada vez que te cepillas. Es algo bastante habitual. Puedes usar Desensin.

INCÓMODA DISYUNTIVA

Una tarde cualquiera, una terraza del centro, una reunión de viejos compañeros de trabajo. No hay amistad, sólo convenciones. Las palabras se suceden, las caras aparentan diversión, el episodio es tan ligero como asquerosamente correcto. No brotan temas polémicos, tan sólo recuerdos, anécdotas y experiencias compartidas.

De pronto una voz masculina se eleva sobre las demás. Acaba de dejar caer, como un violento martillazo, un comentario sobre la actualidad política que me resulta incómodo. Busco una mirada de complicidad. Mal asunto: sólo encuentro una. Me pregunto si debo intervenir y decir lo que pienso. Lo sopeso, busco de nuevo la mirada de complicidad y decido morderme la lengua.

Inmediatamente siento un incómodo desdoblamiento en mi cerebro. Mi conciencia me obliga a pronunciarme; mi prudencia, sin embargo, me sugiere que observe a mi adversario con altanería. Como si fuera una rata. La situación me provoca ansiedad. Alzar la voz es inútil. No puedes convencer a quien no busca conocimiento. Las ratas sólo escupen odio y frustración.

Vuelvo la vista hacia mis compañeros y compruebo que la escena progresa, las palabras se suceden, las caras simulan diversión y el episodio se desarrolla con ligereza, con enorme ligereza, con una irritante y desquiciante ligereza..., mientras mi conciencia sigue avivando el fuego que mi prudencia quiso sofocar.

 

LUNA GRIS

Me había propuesto volver a este blog con un escrito personal, muy personal, cuando de pronto he abierto la página de un períodico y me he topado con la noticia del tiroteo de Arizona. Lo primero que he sentido es un escalofrío. Después he tratado de leer una breve y apresurada crónica del suceso, el primer comunicado de Obama, los comentarios indignados de mucha gente y la biografía de la congresista que está a punto de morir.

Como es lógico, cuando lees una noticia así todos tus planes de escribir cuatro párrafos sobre ti mismo se vienen abajo. Aceptas con humildad que tu vida es privilegiada. Relativizas tus problemas, descubres que nada de lo que te preocupa a diario es para tanto, asumes con resignación que tu vida es sencilla y que no debes escandalizarte por ello. Una inmensa avalancha de prejuicios sociales, falsos ídolos y frustraciones personales se combinan para que a menudo te sientas insatisfecho, cuando lo razonable sería vivir con sosiego y disfrutar de los pequeños placeres cotidianos.

No sé hasta qué punto es el mejor día para reivindicar la (dulce) soledad de un sábado noche. Me ha entristecido la noticia. Tal vez mañana sea un mejor momento para reflexionar sobre la cháchara y el silencio, el bullicio y la serenidad. Ahora la paz se ha transformado en noche. La soledad se ha teñido de aislamiento.

EL SEÑOR DE LAS MOSCAS

A una amiga se le ha ocurrido formular en su facebook una de esas preguntas con las que todos hemos jugado a ser filósofos: ¿La naturaleza humana es buena o mala?

La respuesta a esta pregunta eterna creo que depende más de nuestro temperamento y de nuestra experiencia reciente que de una firme posición teórica. Generalmente se suele hablar de dos posiciones radicalmente enfrentadas: del lado pesimista, contamos con el mito judeocristiano del pecado original y la visión hobbesiana del 'homo homini lupus'; del lado optimista, destaca especialmente la interpretación rousseaniana del buen salvaje corrompido por el Estado y las instituciones sociales. La reciente investigación biológica y neurocientítica tampoco ha ayudado a resolver el enigma: existe una abrumadora evidencia científica a favor de una naturaleza humana en la que coexisten rasgos innatos que favorecen el altruismo y la cooperación con otros que respaldan la agresividad, el egoísmo y la desconfianza.

A mí me parece que la naturaleza humana no es esencialmente buena o mala. Si me atreviera a categorizarla de alguna manera, la definiría como compleja, múltiple e impredecible. Por otro lado, creo que lo bueno y lo malo, salvo excepciones, son categorías cargadas de valores que empleamos para ajustar la conducta (propia o ajena) a una norma social o a nuestros intereses.

Lo que sí demuestra la experiencia es que en un entorno autoritario y dogmático el ser humano tiene más probabilidades de devenir infeliz, resentido o fanático. El ambiente puede precipitar o incitar virtudes o debilidades individuales que de otro modo no saldrían nunca al exterior. Pero no es una regla exacta. El componente genético-biológico ejerce una indudable influencia en el desarrollo personal. El estrecho pero innegable margen de libertad individual, también. Y eso sin olvidar los condicionamientos sociales, el papel del azar o, incluso, la posibilidad de que las irracionalidades y pasiones humanas puedan alterar el guión supuestamente marcado por nuestra 'naturaleza'.

Lo que con toda seguridad parece incuestionable es que hemos desarrollado una capacidad innata para preguntarnos obstinadamente por la bondad o maldad natural del ser humano. La arquitectura de nuestro cerebro ha evolucionado de tal forma que hemos desarrollo una capacidad cognitiva que nos lleva a procesar y reconstruir nuestras percepciones y categorizaciones de forma esencialista. Esta facultad quizá tuvo una ventaja adaptativa, en la medida en que permitía predecir comportamientos. Pero también ha provocado un notable y desagradable hábito intelectual, a saber: nuestra obsesión por romper la diversidad humana al integrar a todos los individuos en grupos definidos por una esencia unívoca, predecible e invariable (gitanos, rumanos, negros, judíos, musulmanes, mujeres, homosexuales, obreros, católicos, internautas, emos, hombres, humanos...).