Creo que hay un momento clave en el que descubrimos que hemos dejado de ser adolescentes. Intentaré explicarlo en pocas líneas. El adolescente tiene problemas para someter sus deseos al principio de realidad. Imagina algo y pretende que la realidad le entregue exactamente lo que había imaginado. Pero la realidad, por suerte, tiene una deliciosa tendencia a la rebeldía. En lugar de ajustarse a nuestros caprichos, hace lo que le da la gana. La chica que te gusta pasa olímpicamente de ti. Tus composiciones con la guitarra no dejan boquiabierto a nadie. Afrontar ese desajuste con una sonrisa o con una pataleta es lo que separa, creo, la edad adulta de la adolescente.

Esto nos lleva directamente al precioso y eterno debate del Amor Fati (amor al destino). Creo que nuestros primeros destellos de amor hacia el destino suelen adoptar la forma de la resignación estoica. "No pretendas que lo que sucede suceda como quieres, sino quiérelo tal como sucede, y te irá bien. Educarse es esto: aprender a querer las cosas tal como vienen", dijo Epicteto.

El inconveniente, claro, es que no siempre es posible amar todo lo que nos ocurre. ¿De verdad Epicteto podría soportar tan impasiblemente el suicidio de su mejor amigo? ¿Cómo podríamos querer 'tal como viene' la violación de un niño? Es fácil suponer que a la fórmula de Epicteto le faltan algunas dosis de realismo.

Además, no estoy seguro de que el camino hacia la sabiduría y la vida buena deba transcurrir necesariamente sobre esas arenas de dulce resignación. Nietzsche, un destemplado enemigo del 'ideal ascético', sostuvo igualmente que la fórmula para expresar la grandeza del hombre es el Amor Fati: "No querer que nada sea distinto, ni en el pasado, ni en el futuro".

Ahora bien, ¿cómo podemos encajar estas palabras en el ardiente vitalismo del genial filósofo alemán? Lo que Nietzsche pretende no es encadenar al hombre en el determinismo mecanicista, sino proponer un nuevo tipo de hombre --un 'Übermensch-- que quiera para sí las leyes universales del destino, en lugar de limitarse a seguirlas ciegamente. Un ser adulto, libre, lúcido, jovial y enérgico que esté dispuesto a luchar para que las cosas que deberían suceder, sucedan; para que aquello que merece existir, exista. "Vive este momento de tal modo que desees revivirlo". El destino pasa a ser, entonces, una decisión, una apuesta que deseamos revivir, repitiéndola eternamente, desde la aceptación del riesgo y la incertidumbre como condiciones indispensables para la vida. En definitiva, una manera de animarnos a vencer esas resistencias que nos someten al miedo paralizante, a la resignación escéptica y a la siniestra pulsión inmunizadora que atraviesa al último hombre.

Frente a esta actitud, sin embargo, sólo se nos ocurre formular una pregunta: ¿Y si de esta forma estuviéramos encerrándonos en la trampa del narcisismo, esto es, en la dificultad para aceptar la insalvable distancia entre el yo y el deseo? La propuesta de Nietzsche, sin duda, es estimulante; pero sigue faltando (o sobrando) algo. No seré yo quien proponga la solución, desde luego, pero intuyo que podría no estar muy lejos de la risa y la ironía...