A una amiga se le ha ocurrido formular en su facebook una de esas preguntas con las que todos hemos jugado a ser filósofos: ¿La naturaleza humana es buena o mala?
La respuesta a esta pregunta eterna creo que depende más de nuestro temperamento y de nuestra experiencia reciente que de una firme posición teórica. Generalmente se suele hablar de dos posiciones radicalmente enfrentadas: del lado pesimista, contamos con el mito judeocristiano del pecado original y la visión hobbesiana del 'homo homini lupus'; del lado optimista, destaca especialmente la interpretación rousseaniana del buen salvaje corrompido por el Estado y las instituciones sociales. La reciente investigación biológica y neurocientítica tampoco ha ayudado a resolver el enigma: existe una abrumadora evidencia científica a favor de una naturaleza humana en la que coexisten rasgos innatos que favorecen el altruismo y la cooperación con otros que respaldan la agresividad, el egoísmo y la desconfianza.
A mí me parece que la naturaleza humana no es esencialmente buena o mala. Si me atreviera a categorizarla de alguna manera, la definiría como compleja, múltiple e impredecible. Por otro lado, creo que lo bueno y lo malo, salvo excepciones, son categorías cargadas de valores que empleamos para ajustar la conducta (propia o ajena) a una norma social o a nuestros intereses.
Lo que sí demuestra la experiencia es que en un entorno autoritario y dogmático el ser humano tiene más probabilidades de devenir infeliz, resentido o fanático. El ambiente puede precipitar o incitar virtudes o debilidades individuales que de otro modo no saldrían nunca al exterior. Pero no es una regla exacta. El componente genético-biológico ejerce una indudable influencia en el desarrollo personal. El estrecho pero innegable margen de libertad individual, también. Y eso sin olvidar los condicionamientos sociales, el papel del azar o, incluso, la posibilidad de que las irracionalidades y pasiones humanas puedan alterar el guión supuestamente marcado por nuestra 'naturaleza'.
Lo que con toda seguridad parece incuestionable es que hemos desarrollado una capacidad innata para preguntarnos obstinadamente por la bondad o maldad natural del ser humano. La arquitectura de nuestro cerebro ha evolucionado de tal forma que hemos desarrollo una capacidad cognitiva que nos lleva a procesar y reconstruir nuestras percepciones y categorizaciones de forma esencialista. Esta facultad quizá tuvo una ventaja adaptativa, en la medida en que permitía predecir comportamientos. Pero también ha provocado un notable y desagradable hábito intelectual, a saber: nuestra obsesión por romper la diversidad humana al integrar a todos los individuos en grupos definidos por una esencia unívoca, predecible e invariable (gitanos, rumanos, negros, judíos, musulmanes, mujeres, homosexuales, obreros, católicos, internautas, emos, hombres, humanos...).

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