Hoy la clase de inglés se pareció a las de francés. Al profesor se le ocurrió que debíamos hablar de la 'felicidad'; y claro, es uno de mis temas favoritos. Escandalicé a mis compañeras cuando les dije que la felicidad existe, es posible y no depende de los pequeños placeres. La felicidad no consiste en destellos ni se analiza a diario. Tampoco es el estado por excelencia de los 'ignorantes'.
Siempre me ha encantado aquella frase que dice: "No existen los problemas filosóficos, sólo los malos planteamientos lingüísticos". Es verdad. Si amplías tu vocabulario amplías tu mundo. Si amplías tu mundo enriqueces tus emociones y puedes articular sentimientos aparentemente contradictorios. El debate de hoy hubiera sido más sencillo y fructífero si hubiéramos utilizado tres palabras: alegría, felicidad y serenidad (o sosiego).
Los ingleses, por desgracia, no distinguen entre 'alegría' y 'felicidad'. En francés tenemos 'joie', 'gaieté' y 'bonheur'. Eso lo resuelve todo.
Por ejemplo, el día que recibes la noticia de la muerte de 61 refugiados puedes sentir una tristeza devastadora, pero esa emoción encaja en un estado emocional mucho más amplio y profundo que puede ser -¿por qué no?- de absoluta felicidad. Puedes estar triste ahora mismo y ser inmensamente feliz, aunque esto sea casi imposible de expresar en inglés. "Los límites del lenguaje son los límites de mi mundo", que decía el otro.
Por ejemplo, podemos decir que "mi etapa universitaria fue feliz", más allá de que en aquel período hubiera muchos días buenos y malos, aprobados y suspensos, líos de faldas y rupturas dolorosas, etc.
Nadie estaba de acuerdo conmigo. Pero estoy convencido de que en nuestra cultura la felicidad no está bien considerada. La tristeza vende, es seductora, actúa como un falso consuelo. La felicidad tiene una injusta e inmerecida fama de 'superficialidad'. La relacionan con la satisfacción conformista del imbécil, cuando en realidad la felicidad es la inquietud por excelencia de los filósofos. Y, en contra de lo que dicen los tópicos, la mayoría de los principales filósofos han confesado que son optimistas y felices.

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